Dar identidad a lo que no busca ser perfecto.
Massart es el resultado de la obsesión de dos hermanos belgas por la pizza romana. En un Madrid saturado de propuestas industriales y procesos sin alma, ellos prefirieron el camino del taller: probar, fallar y no parar hasta dar con su receta definitiva.
El reto era capturar ese punto exacto entre la frescura que demanda el público joven y la solidez que fideliza a las familias en las trattorias. Les pusimos cara con una identidad que se mueve y crece, como la masa cuando fermenta. El resultado es una marca que se siente artesana porque lo es, llena de formas imperfectas y detalles a mano que huyen de lo estandarizado.
72 ore d’amore: la masa lleva su tiempo.
El concepto visual nace de la propia fermentación. Usamos la tipografía States Variable para que el logotipo juegue con la presión de la tinta, simulando cómo la masa se expande y rompe cualquier rigidez geométrica. Es un logo con pulso, que está vivo.
Para equilibrar este dinamismo, introducimos Feijoa como secundaria. Es una fuente con clase y un aire elevado, pero con una cualidad simpática. Es el contrapunto necesario para que la marca se mueva entre lo sofisticado y lo cotidiano, ese punto donde Massart se siente un sitio especial, pero sin dejar de ser la cocina de tu casa.
Una marca que se mancha las manos.
En hostelería, el diseño no vive en la pantalla sino que se vive en el papel del menú, en el mantel y en el ritmo de la cocina. Trasladamos la identidad a cada rincón, desde las cartas y el packaging de harinas hasta las pegatinas de delivery y la ropa del equipo.
Usamos trazos manuales como la «firma del chef» para añadir esa chispa humana que diferencia a un local con alma de una cadena de montaje.

